La oscuridad detrás de los grandes bancos.
Un cuchillo es bueno y malo al mismo tiempo. Es bueno cuando nos permite cortar el pan o la carne para comer; es malo cuando un delincuente lo usa para cometer un crimen. El agua es buena y mala. Es buena cuando calma la sed; es mala cuando provoca inundaciones. El dinero es bueno y es malo. Como medio de pago, no es ya bueno sino imprescindible para el intercambio de productos y no es ya malo sino devastador cuando se desvirtúa su naturaleza inicial para transformarlo en un fin en sí mismo a través del interés. Comprender qué es y cómo explicar por qué ocurren las cosas que ocurren y por qué la situación mundial jamás cambiará por más que apadrinemos niños del Tercer Mundo, condonemos periódicas cantidades de deuda acumulada en los países pobres o rindamos las fronteras a los desesperados del planeta. No, nunca cambiará a no ser que seamos nosotros quienes sustituyamos el sistema ahora vigente, pero eso sí se supondría una revolución como no se ha visto en varios miles de años, pese a que muchos han sido los grandes líderes religiosos y políticos, desde Jesucristo has Gandhi, pasando por Mahoma o Lutero, que prohibieron en su día y en su ámbito de actuación el pago de intereses, para intentar de este modo reducir la injusticia social.
Rufus (fábula).
Rufus vive en un mundo poblado por tribus, cada una de las cuales cuenta con un gobierno simple elegido por democracia directa: a mano alzada por el resto de sus vecinos. Es un lugar primitivo, ya que todavía se utiliza el trueque sencillo como relación comercial. Cada persona está especializada en un oficio o vive del pastoreo o la agricultura, y lo que le sobra lo intercambia el día de mercado con los sobrantes de otros. Lo malo del sistema es que no está muy claro el valor de las cosas -¿una vaca vale dos sacos de trigo o tres?- y, además, no es rara la ocasión en la que la persona no encuentra a nadie a quien le interese su sobrante o tal vez es ella misma la que no encuentra ningún sobrante ajeno que le convenga. En tal caso, debe volver a casa con un producto que tal vez se estropee o deteriore hasta el siguiente día de mercado. Rufus es orfebre y trabaja metales preciosos. Un día aprovecha una de esas jornadas especiales en las que se reúne toda su comunidad para proponer a sus vecinos la solución que se le ha ocurrido para resolver los problemas comerciales. Su sistema es el dinero. Él podría transformar el oro en pequeñas piezas iguales: un número limitado de monedas con un valor concreto, cuyo uso facilitaría el intercambio de productos y mejoraría la vida de todos. Surgen dudas, como cuando uno de los vecinos preguntó qué ocurriría si alguien descubriera una mina de oro y confeccionara monedas por su cuenta, ya que aumentaría su propia riqueza de manera ilegal. Rufus responde que para evitar situaciones de ese tipo, el gobierno diseñará un sello que estampará en cada una de las monedas y que guardará bajo siete llaves en su caja fuerte bajo su propia responsabilidad y con la ayuda de algunos guerreros del gobierno. Uno por uno contesta todos los interrogantes y al final convence a todos para poner en marcha su plan.
Entonces se presenta otro obstáculo: ¿cuántas monedas debe tener cada miembro de la comunidad? El albañil exige ser quien más reciba porque para eso construye las casas donde viven, pero el agricultor dice que él tiene más derechos porque cultiva las plantas y el grano que les dan de comer. El pastor interviene para pedir aún más que los otros porque sus animales no sólo producen comida sino también piel y lana para confeccionar vestidos y telas. El guerrero brama que quiere más que todos ellos juntos porque si él no los defiende, serán atacados y morirán a manos de los guerreros de la tribu vecina. con tono moderado, Rufus interrumpe la discusión y propone que cada cual pida el número de monedas que desee, que él las fabricará todas, ya que ha calculado que existe suficiente oro para ello. El único límite a la hora de pedir prestado será la necesidad de devolver anualmente la cantidad de monedas solicitada. A cambio del servicio que ofrece a la comunidad fabricando el dinero y prestándolo. Rufus sólo pide un salario del 5 por ciento: por cada 100 monedas que entregue a alguien, ese alguien tendrá que devolverle al año siguiente 105. esas cinco monedas por cada cien serán su modesto pago, su "interés". A todo el mundo le parece un salario justo y, en consecuencia, recibe luz verde. Sin embargo, esas mismas cinco monedas arruinaron el mundo, porque no podrían ser devueltas jamás. y en seguida veremos por qué.
El siguiente paso de Rufus fue pedir al gobierno que diseñara su sello y acaparara todo el oro de la
comunidad -junto con el resto de metales preciosos que pudieran usarse para piezas de menor valor- a fin de controlar la cantidad inicial que sería fragmentada en monedas. Luego trabajó día y noche hasta que acuñó todas las solicitadas por los vecinos. Cuando terminó, el gobierno comprobó que había cumplido lo prometido y comenzó el préstamo de monedas. Al principio todo funcionó de maravilla. La gente compraba y vendía como si fuera un juego, disfrutando de la sencillez de un sistema que por vez primera permitió regular el precio de las cosas, entendiendo como tal la cantidad de trabajo que se necesitaba para producir un artículo concreto: a más trabajo, mayor precio y más monedas había que entregar a cambio. Por ejemplo, el único pastelero de la tribu vendía sus deliciosos pasteles a un precio elevado porque nadie más tenía sus conocimientos sobre dulces ni el horno necesario para prepararlos ni su paciencia infinita para decorarlos con tanta gracia. Pero un día otro hombre empezó a hacer pasteles también y los ofreció por menos monedas para conseguir su propia clientela. El primer pastelero se vio obligado a rebajar su precio para no perder negocio. Y se produjo un fenómeno desconocido hasta entonces: la libre competencia. A partir de ese momento, ambos pasteleros, y los que llegaron más tarde, tuvieron que esforzarse para dar la mejor calidad al precio más bajo. Lo mismo ocurrió con el resto de profesiones: todos trabajaron como nunca en beneficio de los demás. Sin impuestos, sin licencias ni aranceles de ningún tipo, la calidad de vida de la comunidad mejoró de forma espectacular y hasta se generó un movimiento ciudadano que planteaba construir una estatua en honor de Rufus por su maravilloso invento.
Pasó un año y el orfebre visitó a todos los vecinos de la comunidad para cobrarles su parte del negocio, sus 5 monedas por cada 100. Unos habían prosperado de forma extraordinaria y tenían monedas de sobra respecto a las recibidas originalmente: pagaron con gusto y después volvieron a pedir prestada una nueva cantidad para utilizar durante el ejercicio siguiente, convencidas de que conseguirían nuevas ganancias. Pero el hecho de que algunas personas tuvieran más monedas significaba lógicamente que otras tenían menos, ya que la cantidad de piezas en circulación era limitada. Así que Rufus se encontró con gente que, por falta de esfuerzo, de ingenio o de fortuna, había perdido dinero en aquellos doce meses. gente que, por primera vez, descubría lo que significaba esa palabra horrible asociada al interés: deuda. La comunidad estaba compuesta por gente sencilla y honesta que no rehuía su responsabilidad, por lo que aquellos que no tenían el dinero para pagar se deshicieron en excusas y se comprometieron a abonárselo a Rufus en un año más. De paso también siguieron pidiendo prestado para vivir. Él lo aceptó, previa firma de una hipoteca sobre algunos de sus bienes. una casa, un terreno, algo de ganado... -Si no me pagas el año que viene, tendré que quedarme con ello para compensar, decía, ante la avergonzada y ansiosa mirada del deudor.
Transcurrió otro año, en el que la inocencia original se había perdido porque todos eran ya
conscientes de que necesitaban ganar lo suficiente como para devolver el 5 por 100 del dinero adelantado y vivir con sus cuentas saneadas, sin comprender que el dinero que se les exigiría al final del ejercicio en realidad no existía físicamente ni existiría nunca: alguien tendría que perderlo para generarlo. Pues aunque en un momento dado todo el mundo reembolsara todas las monedas en curso a Rufus, aún seguirían faltando las cinco monedas extras por cada cien, el interés, que jamás fueron prestadas porque jamás fueron fabricadas. Una vez puesto en marcha el sistema, siempre habría alguien endeudado. Al final del segundo ejercicio, Rufus pudo ejecutar algunas de las hipotecas de los que no habían logrado equilibrar el debe y el haber. Y todos los vecinos entendían que lo hiciera: era justo que cobrara por su trabajo, después de todo. A medida que fueron pasando los años, vio cómo aumentaba su patrimonio gradualmente y se frotó las manos satisfecho: pronto podría dedicarse a vivir de las rentas.
Las personas que ganaron más dinero con el sistema de Rufus pensaron que su caja fuerte (en la que tenían el oro no utilizado para fabricar monedas y que estaba protegida por los guerreros facilitados por el gobierno) podía ser el lugar más seguro para guardar sus ganancias y evitar que se las robaron. Pidieron al orfebre que los dejara meter allí ese dinero a cambio de una pequeña cuota, variable según el tiempo y la cantidad a proteger. Rufus les extendía un recibo que certificaba la operación, pidiendo que no lo perdieran porque, si no no les devolvería el dinero, pues tampoco podía recordar los datos de todo el mundo. Había nacido el banco. Con el tiempo, todos los miembros de la tribu llegaron a conocer los recibos. Confiaban tanto en ellos que a alguien se le ocurrió comprar algo y pagar con uno, ya que era el equivalente a su oro guardado en la caja fuerte. No pasó mucho tiempo sin que todo el mundo empezara a hacer lo mismo: usar los recibos como si fueran monedas, ya que resultaban más cómodos de llevar y guardar. Así apareció el papel moneda. Rufus decidió ir un paso más allá: no volvería a fabricar más monedas físicas, sino que usaría las que tenía guardadas la próxima vez que alguien le pidiera efectivo, aunque fueran de algún depositario. Al fin y al cabo, nadie diferenciaba una moneda de otra. Y empezó a prestar dinero (inexistente), ya que las piezas entregadas en realidad no eran nuevas. Sin embargo, siguió cobrando igual, con lo que sus beneficios -el famoso 5 por ciento- crecieron aún más sin arriesgar nada a cambio, excepto la posibilidad de que alguien le descubriera, lo que era prácticamente imposible por que a estas alturas todo el mundo confiaba en él. Era un respetado miembro de la comunidad, eje fundamental del sistema económico, y el único que comprendía sus complejas cuentas.
Un día, uno de los vecinos solicitó un préstamo enorme. Le había ido muy bien en su negocio y
quería comprarse un barco grande para comerciar con sus productos en otros lugares, pero el proyecto era costoso y debía pagar varios proveedores. Sabiendo Rufus el uso que se hacía de sus recibos como papel moneda, le sugirió al solicitante que abriera un depósito formal a su nombre y que, en lugar de las monedas, recibiera varios recibos por el valor correspondiente en oro. EL activo empresario aceptó y se fue a pagar a cada proveedor con su recibo. El orfebre estaba eufórico: ya no necesitaba ni siquiera facilitar las monedas de oro para luego guardar el sobrante, le bastaba con firmar un papel que atestiguara la existencia del préstamo. De hecho. poco después los vecinos empezaron a guardar también sus recibos en su caja fuerte... El siguiente paso lo dio el mismo empresario del barco. Tenía que abonar una cantidad a un último proveedor, pero estaba demasiado ocupado cargando la nave para partir aprovechando la marea, así que envió una corta nota a Rufus pidiéndole que transfiriera parte del dinero que tenía en su cuenta a la cuenta del proveedor, a fin de saldar la deuda. El orfebre encontró el procedimiento un poco irregular, pero en seguida vio sus posibilidades. Borrar una cifra de una cuenta y anotarla en otra le llevaba apenas unos minutos y podía cobrar otro pequeño extra por el servicio. En cuento llegó a oídos de los demás vecinos esta nueva variante de pago, se puso en seguida de moda. Estas notas cortas se llamaron cheques.
Como el comercio marchaba muy bien en líneas generales la petición de dinero era cada vez mayor. Rufus acabo prestando varias veces la misma cantidad de oto - en forma de papel moneda o cheques- a distintas personas gracias a su técnica de limitarse a anotar y borrar las cifras de una cuenta a otra. Mas él dormía tranquilo: todo funcionaría mientas disfrutara de la confianza de la sociedad y a los dueños reales de las monedas en la caja fuerte no se les ocurriera ir todos juntos a retirar su dinero. Nadie en la comunidad pensaba que los estuviera estafando. habida cuenta que gracias a él la sociedad había mejorado mucho. La fama de Rufus creció tanto que otras comunidades solicitaron a sus respectivos orfebres que pusieran en práctica la misma estrategia para prosperar. Estos orfebres se presentaron en su casa y de inmediato Rufus les ofreció explicarles su plan para que pudieran hacer lo mismo en sus respectivas tribus, porque se había dado cuenta de que necesitaba asociados. Todo estaba funcionando bien, pero el sistema crecía a una velocidad que amenazaba con írsele de las manos si algún día tenía problemas -por ejemplo, falta de liquidez-, le vendría bien contar con aliados que le pudieran echar una mano. Rufus propuso al resto de los orfebres, y éstos aceptaron, elaborar un pacto para repartirse las zonas de influencia sin hacerse competencia directa, ayudarse en el desarrollo de la estrategia, transferir fondos reales en caso de urgencia, reconocer los recibos de los demás cuando llegaran a su tribu y reunirse periódicamente para evaluar los resultados obtenidos. Después, cada cual puso en marcha su propia actividad.
La expansión del sistema catapultó aún más el prestigio de Rufus y sus socios, que fueron alabados por su esfuerzo a favor del entendimiento de distintas tribus, pero también les generó el primer quebradero de cabeza serio al aparecer los falsificadores: personar que habían descubierto por su cuenta lo sencillo que resultaba engañar a la gente corriente si conseguían fabricar unas copias lo bastante buenas del papel moneda o los cheques para comerciar ilegalmente. Semejante amenaza llevó a los orfebres a solicitar una reunión con los gobiernos de sus respectivas tribus, a los que presentaron el problema y una posible solución con dos puntos básicos. El primero consistía en que fuera el gobierno de cada comunidad el que se responsabilizara de imprimir billetes de diverso valor para sustituir los recibos de valor fijo emitidos por los orfebres. Los nuevos billetes serían confeccionados con un papel muy difícil de falsificar y el gobierno les daría el visto bueno incluyendo su firma y su garantía en cada uno. Y, por supuesto, se encargaría de perseguir a quien osara falsificarlos. Eso sí, Rufus y los suyos seguirían controlando los flujos monetarios y decidiendo cuántos billetes se emitían. El segundo punto obligaba a controlar las minas y nuevas explotaciones de oro y otros metales preciosos utilizados en la fabricación de monedas para evitar que alguien elaborara su propio dinero imitando los sellos oficiales. Cualquier persona que encontrara pepitas debería ser obligada a entregarlas al gobierno a cambio de billetes controlados. Los gobiernos aceptaron la propuesta y actuaron en consecuencia. Y el intercambio de dinero se animó de nuevo, pues todos querían probar los nuevos billetes, que además permitían nuevas combinaciones para la compra y la venta. Con el tiempo se demostró, sin embargo, que el noventa por ciento de los negocios seguían haciéndose a través de cheques o transferencias.
comunidad -junto con el resto de metales preciosos que pudieran usarse para piezas de menor valor- a fin de controlar la cantidad inicial que sería fragmentada en monedas. Luego trabajó día y noche hasta que acuñó todas las solicitadas por los vecinos. Cuando terminó, el gobierno comprobó que había cumplido lo prometido y comenzó el préstamo de monedas. Al principio todo funcionó de maravilla. La gente compraba y vendía como si fuera un juego, disfrutando de la sencillez de un sistema que por vez primera permitió regular el precio de las cosas, entendiendo como tal la cantidad de trabajo que se necesitaba para producir un artículo concreto: a más trabajo, mayor precio y más monedas había que entregar a cambio. Por ejemplo, el único pastelero de la tribu vendía sus deliciosos pasteles a un precio elevado porque nadie más tenía sus conocimientos sobre dulces ni el horno necesario para prepararlos ni su paciencia infinita para decorarlos con tanta gracia. Pero un día otro hombre empezó a hacer pasteles también y los ofreció por menos monedas para conseguir su propia clientela. El primer pastelero se vio obligado a rebajar su precio para no perder negocio. Y se produjo un fenómeno desconocido hasta entonces: la libre competencia. A partir de ese momento, ambos pasteleros, y los que llegaron más tarde, tuvieron que esforzarse para dar la mejor calidad al precio más bajo. Lo mismo ocurrió con el resto de profesiones: todos trabajaron como nunca en beneficio de los demás. Sin impuestos, sin licencias ni aranceles de ningún tipo, la calidad de vida de la comunidad mejoró de forma espectacular y hasta se generó un movimiento ciudadano que planteaba construir una estatua en honor de Rufus por su maravilloso invento.
Pasó un año y el orfebre visitó a todos los vecinos de la comunidad para cobrarles su parte del negocio, sus 5 monedas por cada 100. Unos habían prosperado de forma extraordinaria y tenían monedas de sobra respecto a las recibidas originalmente: pagaron con gusto y después volvieron a pedir prestada una nueva cantidad para utilizar durante el ejercicio siguiente, convencidas de que conseguirían nuevas ganancias. Pero el hecho de que algunas personas tuvieran más monedas significaba lógicamente que otras tenían menos, ya que la cantidad de piezas en circulación era limitada. Así que Rufus se encontró con gente que, por falta de esfuerzo, de ingenio o de fortuna, había perdido dinero en aquellos doce meses. gente que, por primera vez, descubría lo que significaba esa palabra horrible asociada al interés: deuda. La comunidad estaba compuesta por gente sencilla y honesta que no rehuía su responsabilidad, por lo que aquellos que no tenían el dinero para pagar se deshicieron en excusas y se comprometieron a abonárselo a Rufus en un año más. De paso también siguieron pidiendo prestado para vivir. Él lo aceptó, previa firma de una hipoteca sobre algunos de sus bienes. una casa, un terreno, algo de ganado... -Si no me pagas el año que viene, tendré que quedarme con ello para compensar, decía, ante la avergonzada y ansiosa mirada del deudor.Transcurrió otro año, en el que la inocencia original se había perdido porque todos eran ya
conscientes de que necesitaban ganar lo suficiente como para devolver el 5 por 100 del dinero adelantado y vivir con sus cuentas saneadas, sin comprender que el dinero que se les exigiría al final del ejercicio en realidad no existía físicamente ni existiría nunca: alguien tendría que perderlo para generarlo. Pues aunque en un momento dado todo el mundo reembolsara todas las monedas en curso a Rufus, aún seguirían faltando las cinco monedas extras por cada cien, el interés, que jamás fueron prestadas porque jamás fueron fabricadas. Una vez puesto en marcha el sistema, siempre habría alguien endeudado. Al final del segundo ejercicio, Rufus pudo ejecutar algunas de las hipotecas de los que no habían logrado equilibrar el debe y el haber. Y todos los vecinos entendían que lo hiciera: era justo que cobrara por su trabajo, después de todo. A medida que fueron pasando los años, vio cómo aumentaba su patrimonio gradualmente y se frotó las manos satisfecho: pronto podría dedicarse a vivir de las rentas.
Las personas que ganaron más dinero con el sistema de Rufus pensaron que su caja fuerte (en la que tenían el oro no utilizado para fabricar monedas y que estaba protegida por los guerreros facilitados por el gobierno) podía ser el lugar más seguro para guardar sus ganancias y evitar que se las robaron. Pidieron al orfebre que los dejara meter allí ese dinero a cambio de una pequeña cuota, variable según el tiempo y la cantidad a proteger. Rufus les extendía un recibo que certificaba la operación, pidiendo que no lo perdieran porque, si no no les devolvería el dinero, pues tampoco podía recordar los datos de todo el mundo. Había nacido el banco. Con el tiempo, todos los miembros de la tribu llegaron a conocer los recibos. Confiaban tanto en ellos que a alguien se le ocurrió comprar algo y pagar con uno, ya que era el equivalente a su oro guardado en la caja fuerte. No pasó mucho tiempo sin que todo el mundo empezara a hacer lo mismo: usar los recibos como si fueran monedas, ya que resultaban más cómodos de llevar y guardar. Así apareció el papel moneda. Rufus decidió ir un paso más allá: no volvería a fabricar más monedas físicas, sino que usaría las que tenía guardadas la próxima vez que alguien le pidiera efectivo, aunque fueran de algún depositario. Al fin y al cabo, nadie diferenciaba una moneda de otra. Y empezó a prestar dinero (inexistente), ya que las piezas entregadas en realidad no eran nuevas. Sin embargo, siguió cobrando igual, con lo que sus beneficios -el famoso 5 por ciento- crecieron aún más sin arriesgar nada a cambio, excepto la posibilidad de que alguien le descubriera, lo que era prácticamente imposible por que a estas alturas todo el mundo confiaba en él. Era un respetado miembro de la comunidad, eje fundamental del sistema económico, y el único que comprendía sus complejas cuentas.
Un día, uno de los vecinos solicitó un préstamo enorme. Le había ido muy bien en su negocio y
quería comprarse un barco grande para comerciar con sus productos en otros lugares, pero el proyecto era costoso y debía pagar varios proveedores. Sabiendo Rufus el uso que se hacía de sus recibos como papel moneda, le sugirió al solicitante que abriera un depósito formal a su nombre y que, en lugar de las monedas, recibiera varios recibos por el valor correspondiente en oro. EL activo empresario aceptó y se fue a pagar a cada proveedor con su recibo. El orfebre estaba eufórico: ya no necesitaba ni siquiera facilitar las monedas de oro para luego guardar el sobrante, le bastaba con firmar un papel que atestiguara la existencia del préstamo. De hecho. poco después los vecinos empezaron a guardar también sus recibos en su caja fuerte... El siguiente paso lo dio el mismo empresario del barco. Tenía que abonar una cantidad a un último proveedor, pero estaba demasiado ocupado cargando la nave para partir aprovechando la marea, así que envió una corta nota a Rufus pidiéndole que transfiriera parte del dinero que tenía en su cuenta a la cuenta del proveedor, a fin de saldar la deuda. El orfebre encontró el procedimiento un poco irregular, pero en seguida vio sus posibilidades. Borrar una cifra de una cuenta y anotarla en otra le llevaba apenas unos minutos y podía cobrar otro pequeño extra por el servicio. En cuento llegó a oídos de los demás vecinos esta nueva variante de pago, se puso en seguida de moda. Estas notas cortas se llamaron cheques.
Como el comercio marchaba muy bien en líneas generales la petición de dinero era cada vez mayor. Rufus acabo prestando varias veces la misma cantidad de oto - en forma de papel moneda o cheques- a distintas personas gracias a su técnica de limitarse a anotar y borrar las cifras de una cuenta a otra. Mas él dormía tranquilo: todo funcionaría mientas disfrutara de la confianza de la sociedad y a los dueños reales de las monedas en la caja fuerte no se les ocurriera ir todos juntos a retirar su dinero. Nadie en la comunidad pensaba que los estuviera estafando. habida cuenta que gracias a él la sociedad había mejorado mucho. La fama de Rufus creció tanto que otras comunidades solicitaron a sus respectivos orfebres que pusieran en práctica la misma estrategia para prosperar. Estos orfebres se presentaron en su casa y de inmediato Rufus les ofreció explicarles su plan para que pudieran hacer lo mismo en sus respectivas tribus, porque se había dado cuenta de que necesitaba asociados. Todo estaba funcionando bien, pero el sistema crecía a una velocidad que amenazaba con írsele de las manos si algún día tenía problemas -por ejemplo, falta de liquidez-, le vendría bien contar con aliados que le pudieran echar una mano. Rufus propuso al resto de los orfebres, y éstos aceptaron, elaborar un pacto para repartirse las zonas de influencia sin hacerse competencia directa, ayudarse en el desarrollo de la estrategia, transferir fondos reales en caso de urgencia, reconocer los recibos de los demás cuando llegaran a su tribu y reunirse periódicamente para evaluar los resultados obtenidos. Después, cada cual puso en marcha su propia actividad.
La expansión del sistema catapultó aún más el prestigio de Rufus y sus socios, que fueron alabados por su esfuerzo a favor del entendimiento de distintas tribus, pero también les generó el primer quebradero de cabeza serio al aparecer los falsificadores: personar que habían descubierto por su cuenta lo sencillo que resultaba engañar a la gente corriente si conseguían fabricar unas copias lo bastante buenas del papel moneda o los cheques para comerciar ilegalmente. Semejante amenaza llevó a los orfebres a solicitar una reunión con los gobiernos de sus respectivas tribus, a los que presentaron el problema y una posible solución con dos puntos básicos. El primero consistía en que fuera el gobierno de cada comunidad el que se responsabilizara de imprimir billetes de diverso valor para sustituir los recibos de valor fijo emitidos por los orfebres. Los nuevos billetes serían confeccionados con un papel muy difícil de falsificar y el gobierno les daría el visto bueno incluyendo su firma y su garantía en cada uno. Y, por supuesto, se encargaría de perseguir a quien osara falsificarlos. Eso sí, Rufus y los suyos seguirían controlando los flujos monetarios y decidiendo cuántos billetes se emitían. El segundo punto obligaba a controlar las minas y nuevas explotaciones de oro y otros metales preciosos utilizados en la fabricación de monedas para evitar que alguien elaborara su propio dinero imitando los sellos oficiales. Cualquier persona que encontrara pepitas debería ser obligada a entregarlas al gobierno a cambio de billetes controlados. Los gobiernos aceptaron la propuesta y actuaron en consecuencia. Y el intercambio de dinero se animó de nuevo, pues todos querían probar los nuevos billetes, que además permitían nuevas combinaciones para la compra y la venta. Con el tiempo se demostró, sin embargo, que el noventa por ciento de los negocios seguían haciéndose a través de cheques o transferencias.
Referencias.
La fábula de Rufus la obtuve del libro La historia oculta del mundo del autor Paul H. Koch, que abarca de la página 223 a la 231.
En el libro Paul explica que hay varias versiones de la fábula, una muy completa llamada I want the Earth plus 5% que pueden ver en el siguiente link http://www.relfe.com/wp/
Las imágenes fueron sacadas de Google imagenes.
"No creas nada de lo que leas, veas o escuches, siempre forma tu propio criterio, nunca sigas el de alguien más".
El consumidor.







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